Sobre falsa moralidad o la falacia del estilo

Alphari LEC Vitality

League of Legends se encuentra en un estado lamentable. El juego estrella de Riot Games atraviesa uno de los peores momentos de su historia. Aventurarse a jugarlo es físicamente doloroso, por no hablar de la incertidumbre sobre qué cambiará la desarrolladora a futuro, envuelta en una vorágine caótica insalvable. Obviamente, todo lo anterior es una dramatización, pese a que algunos como Barney «Alphari» Morris no entiendan el teatro. Y, aunque la situación fuese tan grave, siempre quedaría el consuelo de que un juego es un juego. Como un vaso es un vaso y un plato es un plato.

Discursos circulares hay muchos. Políticos aparte, y en materia de videojuegos: el debate sobre la dificultad, la polémica sobre los títulos violentos y la agresividad, si ciertos géneros deberían siquiera ser considerados por su limitada interactividad, etc. En los esports, y en el deporte tradicional, hay otros tantos, brillando con luz propia la manida y rancia defensa a ultranza de *el estilo*. Es decir, una consecuencia más de la masculinidad tóxica, sujeta a incontables sesgos y que se reduce a un tradicional juego de egos.

El último exponente, en el deporte electrónico, viene de la mano del propio Alphari. En una entrevista para Inven Global, el actual toplaner de Vitality respondía de la siguiente forma cuando le preguntaban sobre la reciente estrategia de Janna top con Smite: «No quiero jugarla. Ya le he dicho a mi cuerpo técnico que no la voy a jugar hasta que un buen equipo lo haga y me obliguen. Creo que es inmoral jugar Janna top. No es para mí».

Solo a una persona de convicciones tan fuertes como erróneas le parecería inmoral una estrategia —recogida y permitida en las bases deportivas— de un videojuego, mientras va proclamando afirmaciones afines con el movimiento antivacunas o se queja por tener que llevar un trozo de tela en la cara. La inflexibilidad es lo opuesto al interés más puro y descarnado, y ninguno de los dos son más que extremos absurdos. En efecto, una estrategia puede llegar a ser inmoral si, por ejemplo, conlleva algún tipo de perjuicio personal o ajeno —se me vienen a la mente ciertas tendencias bancarias de finales de la década de los 2000, o algunas prácticas de partidos políticos de cuyo nombre no quiero acordarme—.

Analicemos la situación. En este caso, el de Alphari, el único perjuicio posible sería el de la autoimagen —es decir, la percepción de la propia imagen, pues no veo campañas en contra de Barça Esports o Nongshim RedForce Challengers por utilizarla—. Así pues, no es cuestión de moralidad o estilo, sino del ego desmedido por parte de un crío enrabietado que se cree por encima de su equipo y de sus compañeros. Los estilos son narrativas confirmadas a posteriori. En símiles de League of Legends: el juego meditado y pausado de los equipos coreanos, o el caos calculado de los conjuntos chinos. El denominador común: la efectividad dentro de unas determinadas circunstancias, en las que el estilo suele encajar por casualidad, más que adaptarse de forma consciente.

El deporte es un mundo centrado en resultados, deportivos y económicos. Elevarlo al terreno moral es una falacia; procurar darle una importancia que no tiene y nunca tendrá, pues lo importante son otras cosas. Y lo siento por Vitality, sus integrantes y sus seguidores. No dudo de la calidad técnica de Alphari y del resto de sus compañeros, pero el juego de egos es uno que siempre termina en derrota a largo plazo. La fuerza bruta rara vez da los resultados esperados antes de explotar como la burbuja que es. Menos mal que, al final del día, podemos regocijarnos en el pensamiento de que solo es deporte. Solo es un juego. Aquello que afirmaba M. Rajoy todavía tiene vigencia hoy en día: un vaso sigue siendo un vaso y un plato sigue siendo un plato. Créanme.