Intocables

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Hoy he vuelto a tener una crisis ansioso-depresiva, elicitada por el pensamiento recurrente de que quizá los esports no sean mi sitio. Una chispa que surgió hace tiempo, y volvió a encenderse tras aquello que escribía Joan Cebrián el pasado 16 de enero, sobre una nueva negligencia —en este caso, comunicativa— dentro del polvorín en llamas que parece ser G2 Esports en general, y su sección de VALORANT en particular. Las consecuencias: nulas. No leeréis editoriales a forma de crítica, ni represalias a modo de veto. Es imposible perder cuando eres la banca.

Y es que para ser imparcial hay que tener pretensiones. Por mucho que falle en un intento que no es tal, y no me veréis defenderla a capa y espada, la prensa deportiva, nacida del propio periodismo, al menos guarda las formas. No hay que ser muy brillante para identificar la línea editorial de unos y otros diarios, y en un mundo —el de la prensa generalista— tan supeditado a intereses de terceros, la sorpresa es más bien poca. Aun así, de nuevo: las formas.

Sin embargo, en la quimera nauseabunda y difícil de mirar que es el sector comunicativo dentro del deporte electrónico, no parecemos esforzarnos por mantener unos mínimos. Las retransmisiones son más continente que contenido, desechando la imparcialidad por el engagement. Los programas disfrazan la polémica gratuita de crítica sesuda, y alzar la voz con el debate. Mientras tanto, la prensa está demasiado ocupada redactando para el SEO y devanándose la cabeza en cómo posicionar entradas.

Todo lo demás son excepciones que deberían ser norma. Pero cuando alguien alza la voz y se atreve a criticar, como hizo José Ángel Mateo escribiendo sobre ESLAND, la respuesta por parte de algunas voces con años a sus espaldas y pelos en los huevos es el escarnio público. No existe la crítica porque rechazamos hablar de lo importante, porque los esports son videojuegos. Y si los videojuegos existen única y exclusivamente para entretenernos, cómo va a tener nada relacionado pretensiones mayores.

Pero sí es importante. Hablar de política, de economía, de tendencias, de idiosincrasia y de statu quo dentro de los videojuegos y el deporte electrónico es importante.

No calmaba mi ansiedad pensar en el nuevo programa tertulia del equipo de KOI. Y tampoco aplacaba mis ánimos la complacencia, pues, al menos a mí, no me valen el escudo del entretenimiento ni las huellas en el camino de la tradición. Que históricamente no hayan proliferado espacios imparciales, sino promovidos por equipos o influencers dentro de ellos, es un problema. Volvemos a la casilla de salida: no hay un esfuerzo por mantener las formas.

Vaya por delante que mi crítica no es hacia Discutiendo Tranquilamente, programa que aún no se ha estrenado a fecha de redacción de este texto —y no me pagan lo suficiente como para trabajar fuera de hora—. Ni mucho menos mi ánimo es meterme con sus colaboradoras/es, pues el problema de fondo no es personal, sino estructural. No hay los medios, el carácter o el interés por abrazar el rigor, pero tampoco vergüenza por aparentarlo.

Los esports siguen siendo un adolescente con aires de grandeza, para el que ser adulto significa quedarse despierto pasadas las once de la noche. Una industria a caballo entre el deporte y la cara más vacua de los videojuegos, siempre más cerca de lo segundo que de lo primero. Y, por ello, en días como hoy me embarga ese pensamiento recurrente. Una sensación pegajosa que me abate y me hace pensar en otros planes. La idea de que quizás este mundo vacío, interesado y «bienqueda», tan preocupado por tocar los soles que les alumbran, no sea para mí.