Raúl García sería speedruner

Raul Garcia AGDQ speedrun

«Creedme cuando escribo que el fútbol no podría importarme lo más mínimo» es como empezaría esta columna si de verdad hubiese conseguido desligarme del fútbol. Lo cierto es que no lo he hecho; todavía sigo poniendo partidos de fondo, de vez en cuando, y continúo ligado emocionalmente a mi querido Unionistas de Salamanca, más por filosofía que otra cosa. Como hombre blanco de clase media, el deporte me fue incrustado al igual que un meteorito en la superficie de un planeta. Procuro alejarme, pues considero que —especialmente el fútbol— rezuma toxicidad a todos los niveles. Es complicado encontrar valores primigenios en el deporte tradicional, como lo es hacerlo en el electrónico.

Pero, como si del cometa Halley se tratase, uno puede darse de bruces con escasas excepciones. Es el caso del futbolista Raúl García Escudero, centrocampista del Athletic Club de Bilbao, que esta semana ha «rajado» —expresión que los medios generalistas deportivos utilizan para tildar todo comentario que no sea anodino y maleable por su nauseabunda línea editorial— sobre que la Supercopa de España vaya a celebrarse en Arabia Saudí.

«Para mí no tiene sentido. Es un campeonato que se juega en nuestro país e irse a otro a jugarlo solo tiene el sentido que todos sabemos que tiene. Yo soy de los de antes, y para mí el fútbol ha cambiado en el sentido de que ya no se piensa en el aficionado. Ahora mismo lo que importa es generar, sacar patrocinios, y nos estamos olvidando de lo básico: el ambiente, que la afición disfrute de un partido con la familia, que los horarios sean lo más cómodos posibles para todos. No es que lo diga yo. Es algo que se ve».

Admito no creer que el deporte electrónico haya llegado a esas cotas, aún. Sin embargo, resulta una obviedad que las formas de jugar están mutando. Los esports y los valores de producción crecientes cambiaron el paradigma, encontrando los videojuegos su particular revolución cultural y deportiva en la década de 2010. Lo que, hasta entonces, parecía simple esparcimiento, se convirtió en arte y competición a base de fuerza. Es decir, parte de la maquinaria del sistema. ¿O hemos llegado a pensar que la aceptación del videojuego como medio ha venido por un cambio en las sensibilidades? No podemos permitirnos ser tan ingenuas/os.

Y aun dentro de esta vorágine, reforzada por la idiosincrasia y las circunstancias socioeconómicas —todo es política, como todo es economía—, todavía quedan reductos de antaño. Así como el deporte electrónico abrazó los valores más prácticos casi desde el principio, no ha sido el caso, por suerte, de la escena del speedrun. La encomiable labor de pasarse un juego en el menor tiempo posible también ha alcanzado cotas desorbitadas en lo que a relevancia cultural y económica se refiere. Sin embargo, su camino fue otro.

No hace falta más que conectarse a la Awesome Games Done Quick esta semana para darse cuenta. Las cifras de dinero quitan el hipo, pero siempre van destinadas a una causa benéfica. La expectación es máxima, pero no en pos de reforzar narrativas ultracompetitivas. Se nota desde la pantalla la salubridad en el ambiente, y no solo se trata de una cuestión humana, sino estructural. Cuando un evento reconoce abiertamente la defensa y acceso a la comunidad LGBTIQ+, se posiciona a favor de causas como Black Lives Matter y no tiene problema en apoyar otras, como el movimiento #MeeToo, lo demás viene rodado.

Lejos de estos eventos queda el hermetismo de empresas como Riot Games o Activision Blizzard, temerosas de defender en sus eventos hasta los derechos más básicos. Lejos queda la competición tóxica, el ganar o morir —incluso en las speedruns grupales, el buen ambiente es norma—. Y lejos queda el utilitarismo que parece haber tomado al medio interactivo. El fútbol todavía cuenta con infiltrados entre sus filas, como Raúl García, que defienden lo básico. Puede que nosotras/os necesitemos ese mismo impulso, esa discordancia. Unos valores en galope al ritmo frenético del speedrunning.