Tensión de rotura

Estoy genuinamente cansado, y soy consciente de que es un leitmotiv que repito a menudo en estas columnas. Una reiteración que atiende a un hecho simple: estoy cansado. Me apasionan los deportes electrónicos, y eso también es un hecho. Tanto como que sus polémicas me lleven al límite de lo emocional con demasiada frecuencia. Lo vejatorio y lo racista están resultando en una mezcolanza nauseabunda, que invita a vomitar a todo el que se acerque. La última polémica la encontramos ahora en el usuario —con ánimo de utilizar un apelativo neutral— Revenant y sus comentarios hacia el tirador de MAD Lions, Matyáš «Carzzy» Orság.

Y yo cada vez estoy más cansado.

Las últimas tres semanas de Mundiales de League of Legends han sido tan esperpénticas que lo último importante han sido los Mundiales de League of Legends. Y qué triste es que así sea. Puede que no debiera seguir escribiendo sobre ello, en lo que se está convirtiendo una antología de lo ridículo, pero si uno no se revuelve cuando alcanza el punto de indignación, nada de lo demás tiene sentido. Y yo, dentro de mi cinismo, sigo revolviéndome con las injusticias, el caos y otros constructos humanos que rara vez puedo cambiar, pero me veo en la obligación de denunciar.

Una tensión de rotura que adivino haber alcanzado hace unos días. Antes —y ahora— el problema residía en las hordas de usuarios que acudían en tropel para insultar o promulgar discursos intolerantes. Es ingenuo ignorar que ese sector siempre haya existido, del mismo modo que los discursos reaccionarios no tomaron voz con la creación del último partido de extrema derecha. Lo retrógrado e inaceptable sigue demasiado presente en forma de comentario popular. El verdadero problema ahora es que dichas tesis traspasen el anonimato para ser pronunciadas por voces verdaderamente influyentes.

No tengo problema en hacer una comparación exagerada; el núcleo emponzoñado sigue siendo, en ambos casos, la falta de responsabilidad, de perspectiva y de empatía. Continúo repitiendo aquello de «un gran poder conlleva una gran responsabilidad», pues parece ser una frase que todos escuchamos y muy pocos llegamos a entender. El poder de la exposición exige una responsabilidad en cada cosa que se dice. Puedo entender que no sea una sensación agradable, pero todo tiene un precio, y las posiciones privilegiadas rara vez alcanzan una contraparte justa. Pero lo básico es innegociable.

Y lo básico reside en pensar antes de hablar. Evitar ciertas muletillas hacia equipos asiáticos en directo, reservarte de exponer a determinados colectivos frente a la población de un ciudad pequeña en forma de espectadores o soltar el móvil pese a que te hierva la sangre con la situación de tu equipo favorito. Supone algo tan básico como demostrar la más mínima empatía, algo que ya he desechado como objetivo para el ecosistema en el que me muevo.

Hay un segundo problema, una implicación aún más grave a todo esto: la falta de consecuencias. Toda personalidad tiene imperfecciones y todo sistema es corrupto. Una pescadilla que se muerde la cola y que lleva al conglomerado de los esports, en este caso, a protegerse a sí mismo. No hay castigos, escarnio o secuelas a los patinazos. En el peor de los casos, quizá se hable un poco más de ti en redes sociales, con la consiguiente ganada de interacciones. No se sienten vientos de cambio, como los que intentan insuflar programas como el recientemente fundado ELADIES SHOW. La escena sigue siendo machista, intolerante, infantil, desprofesionalizada y corrupta. Y todo lo demás es mentira.

Podría terminar aquí, pero el caso del usuario antes nombrado devuelve la fuerza a un pensamiento intrusivo: las esperanzas vacías. MAD Lions es un equipo envidiable a muchos niveles, de un rendimiento fantástico, con una filosofía que ya desearíamos por parte de muchas empresas y que ha encontrado un éxito más que merecido. Pero la realidad es que, de un tiempo a esta parte, a Europa y Norteamérica no les ha valido con buenos equipos. China y Corea son mejores, por muchas razones y por métodos que quizá no estemos dispuestos ni debamos adoptar en nuestras regiones.

A estas alturas, la única forma de encontrar el tan esquivo éxito internacional es un cúmulo de circunstancias que junten equipos europeos o norteamericanos especialmente dotados con metajuegos especialmente favorables. Y que ello se dé en el mismo lapso temporal que un bajón de rendimiento por parte de las regiones hegemónicas —una situación que ya vivimos en 2018 y 2019—. En conclusión, esperar a que se alineen los astros o, como afirmaba MindFreak, «dejar de buscar culpables y buscar soluciones».

Quién sabe, quizá de ese modo matemos dos pájaros de un tiro.