The Game Awards creen que seguimos siendo adolescentes

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No ha pasado tanto tiempo desde que el apodado como Mr. Dorito pasara a ser promotor del mayor evento de videojuegos del año, como los propios The Game Awards no paran de recordar. Un argumento de autoridad en que el ahora respetado Geoff Keighley puede caer sin miedo a equivocarse. Pues, como acostumbra a ser vox populi, el mundo de los esports y los videojuegos siguen estando formados por y para adolescentes, ¿verdad? Imberbes vitales que ni siquiera tienen claro lo que es una falacia. Ignorantes. Desinformados. Manipulables.

Cada año, a principios de diciembre, marco la fecha en el calendario y me atavío con provisiones para la noche de The Game Awards, si las circunstancias me lo permiten. Y lo hago no solo para emocionarme con los anuncios, criticar las decisiones de los premios o pasar un buen rato con alguno de mis creadores de contenido favoritos. Es morbo, absoluto y vulgar, por algo que sé podrido hasta sus raíces. Acudo fiel a mi cita con esa suerte de imitación, de sombra chinesca, como el que busca vídeos en YouTube de granos explotando, o de accidentes de tráfico, o de edificios derrumbándose.

Creo, con sinceridad, que es la única forma de sobrellevar la pantomima que han sido The Game Awards desde su concepción. Unos «Oscars de los videojuegos» en los que se insulta a los propios Oscars, reforzando la imagen de preadolescente malcriado que saca la lengua a los adultos cuando no están mirando. Claro que todo es mentira; el niño que es The Game Awards no quiere ni pretende ser el coetáneo de unos premios aparentemente rigurosos —aunque la realidad sea otra— en el medio interactivo.

Si The Game Awards se anuncia como el mayor evento de videojuegos del año, y no como la gala de premios que lo bautiza, es por una maniobra perfectamente calculada. ¿A quién le importa el veredicto de un jurado, el recorrido de los nominados o la intrahistoria de los desarrolladores hasta poner su obra en el foco? Al target previsto, hombres adolescentes y adultos jóvenes norteamericanos, desde luego que no. Tampoco vamos a perder el tiempo hablando de política, pensarán a la hora de elaborar la escaleta. La evidencia de que la industria se encuentra intoxicada a nivel social y laboral solo hace que ensuciar la fiesta de los videojuegos. A no ser que se pueda sacar rédito de ello.

Y es que solo un adolescente podría pasar por alto que todas y cada una las iniciativas sociales estuviesen promocionadas. Solo la irresponsabilidad o la indiferencia podrían ignorar el comentario del propio Keighley al comenzar la gala. «No toleraremos ningún tipo de abuso, acoso o práctica vejatoria contra nadie. Esta noche pido a todo el mundo que aporte su granito de arena para construir una industria mejor y más segura». Un llamamiento a todo el mundo, en el que parece excluirse el propio Keighley, y no únicamente por su negativa a nombrar específicamente a las mujeres, las personas negras y/o LGBTIQ+ como diana de las desigualdades. Ni tan siquiera por la cobardía de callarse nombres como los de Riot Games, Ubisoft o Activision Blizzard.

De nuevo, a un adolescente apenas le chirriaría un comentario genérico, un mínimo imprescindible. De hecho, es hasta probable que le moleste. Mucho menos se pararía a pensar en la situación del estudio Quantic Dream, tras el anuncio del videojuego en desarrollo Star Wars Eclipse. Una empresa objeto de tres reportes por medios de comunicación franceses, denunciando una cultura de tratos sexistas hacia las mujeres, racismo y otro tipo de conducta inadecuada. Cómo dejar fuera, sin embargo, uno de los World Premiere más exclusivos por un pequeño escándalo que no le importa a nadie.

Como es de esperar, un adolescente no gastará un minuto de su tiempo en informarse por la situación de una industria que apenas le da unos buenos ratos cada semana. Y, por ello, sería contraproducente que The Game Awards se metiera en fregados innecesarios. Pero Geoff Keighley no es un adolescente, al menos en lo que a edad se refiere. Geoff Keighley es más que consciente, y puede que sepa de primera mano, más de una o dos situaciones incómodas. Y Geoff Keighley tiene muy claro qué movimientos dar para mantenerse equidistante: decir lo mínimo para que no le tachen de amoral, pero no demasiado como para poner en evidencia a determinadas personalidades.

Es más, a día de hoy dudo incluso de que a Geoff Keighley los esports le parezcan videojuegos «de primera». Solo así explico que su presentadora telonera, Sydnee Goodman, se ventilara las categorías de deporte electrónico en el preshow, casi a modo de formalidad. Pero de qué nos sorprendemos. The Game Awards siempre han sido de todo menos los premios de los videojuegos. La genialidad empresarial de explotar un nicho, como el de los galardones, y convertirlo en un gran anuncio. The Game Awards representan todo lo tóxico de esta industria, y ello no consigue ofenderme tanto como que piensen que sigo yendo al instituto.