Teatro de marionetas

China esports cafe

El otro día fui al cine a ver Annette. Forma parte de un ritual propio; cada vez que visito a mi madre, tenemos por tradición ir al cine. Me gustaría ver más películas, leer más libros, jugar a más videojuegos, pero nunca hago por encontrar tiempo. No es que no tenga oportunidad, sino que me cuesta consumir «Cultura», con mayúsculas, signifique lo que signifique. Es por ello que tengo que aprovechar momentos como el que me llevó a ver Annette y, junto al reciente escándalo en China con relación a los esports, sirvió como reciente inspiración.

Para las/los despistadas/os, o que en su lícito derecho elijan no interesarse por el tema, Annette es la última película de Leos Carax, film de apertura en Festival de Cannes y última sensación de la escena independiente. Para las/los más distraídas/os aún, a lo largo de esta semana se ha hecho viral la nueva regulación del gobierno chino en cuanto a las horas que los menores podrán jugar en internet.

Empezando por esto último, y como parte de una serie de cambios en pos de «proteger eficazmente la salud física y mental de los menores», China limitará las horas de juego semanales a tres. Que esta cruzada atienda a castigar el que consideran «opio espiritual» de la juventud, o limitar el poder económico de conglomerados como Tencent Holdings, es motivo de otro texto. Lo que sí nos incumbe es, por ejemplo, que en España dediquemos una media de siete horas semanales a jugar. Muchas menos de las necesarias para aspirar a ser jugador profesional.

El videojuego es la expresión cultural de las mil caras, y una de las más extendidas es el disfrute casual. Siete horas a la semana que dedicamos a ese disfrute, cuando la vertiente profesional quizá demande de ese mismo tiempo, pero cada día. Esto supone una encrucijada para la escena amateur y semiprofesional china, donde los ecos no se han hecho esperar: la LDL —segunda máxima competición de League of Legends— no permitirá a los menores competir en stage. Y, fuera de todo pronóstico, no me parece una noticia del todo negra.

Vuelvo a Annette para exponer el comentario que hace la película sobre la explotación infantil, y más allá. Sobre cómo los padres —y el entorno, en general— utilizan, conscientemente o no, a los menores. Sin ser objeto de spoiler, el personaje que da nombre a la película se representa como un muñeco durante la mayor parte del metraje; un golpe de efecto que sirve como crítica a las expectativas que se arrojan sobre los niños, en general, y los prodigios, en específico.

Pienso ahora en el deporte tradicional, en figuras como Stephen Curry, Kylian Mbappé o Max Verstappen. Auténticos genios para quienes empezar desde niños fue condición sine qua non. Pero también me acuerdo de Hugo Millán, que murió este mismo año en un accidente mientras competía, con 14 años. De la media de edad demencialmente baja en las competiciones de skate durante los Juegos Olímpicos. De los que se habrán quedado por el camino, hipotecando su niñez por la nada más absoluta.

Como en la mayoría de conflictos, y al igual que no paro de repetir en mis textos, la solución debe estar en un punto medio. La sobreprotección ha llevado a mi generación ha darnos de bruces con una realidad que nos supera, pero no es excusa para métodos educativos y de entrenamiento que rocen el abuso. La inconsciencia sobre la juventud ha llevado precisamente a esas prácticas abusivas, pero tampoco justifica cortar de raíz las vocaciones tempranas.

No logro esquivar el pensamiento de que ambos extremos lleven inevitablemente a la despersonalización, a seguir haciendo de la juventud nuestro particular teatro de marionetas.