Cuando caigan los gigantes

SKT T1 Campeones mundiales worlds temporada season 3

«(…) los peregrinos descubrieron la verdad de las antiguas palabras: el fuego se extingue y los señores pierden sus tronos». Cambio esports

El cambio es uno de los temas principales de Dark Souls. Creo que por eso su lore es tan atrapante, pues resulta universal. En el mundo ficticio creado por FromSoftware, los dioses ganan su poder por la fuerza, solo para perderlo poco después. Ni la voluntad más inquebrantable vence ante el orden del mundo, y el orden del mundo es que su fuego se extinga para dejar paso a la Oscuridad. Los esports, el deporte y la propia vida también atesoran en el cambio una de sus escasas certezas.

Hay un denominador común a todas las hegemonías: el final. El éxito es especial porque siempre se acaba. Es imposible ganar eternamente, pretender hacer de lo temporal una regla. Los gigantes existen para triunfar y ser recordados, una vez caigan. Y cuando caigan llegará la era de Oscuridad, que en Japón —país originario de la saga Souls— y en Asia, por extensión, no es algo negativo. En el título de Hidetaka Miyazaki, la Oscuridad trae consigo la era del hombre. Un cambio de paradigma sin intereses ocultos; las reglas de lo natural trascienden cualquier tipo de deseo.

Es negarse al cambio e intentar contravenirlo lo que trae la corrupción.

El primer texto que escribí para mi blog personal se titulaba «Parte del viaje es el final (pero no siempre la mejor)». Por mucho que me agarre a un clavo ardiendo, al ensueño de volver a ver ganar a Lee «Faker» Sang-hyeok con T1, o de una segunda oportunidad para G2 Esports o Fnatic de conseguir un Mundial, hay momentos en que hay que aceptar la única verdad. Y la única verdad, de nuevo, es el cambio.

No me gusta sacar a relucir el deporte tradicional, pero a veces supone la sola historia lejana en la que el electrónico puede verse reflejado. Las hemerotecas lo muestran. Los Boston Celtics de principios de los años 60, en la NBA; el Ferrari de 2000 a 2004, con Michael Schumacher a la cabeza, en Formula 1; el Real Madrid de la Quinta del Buitre en la década de los 80, en fútbol; Rafael Nadal entre finales y principios de la primera y segunda década del nuevo milenio, respectivamente, en tenis; Michael Phelps en los Juegos Olímpicos de 2008, en natación; Usain Bolt en los de 2012 y 2016, en atletismo. Todos ellos, equipos y deportistas, siguieron compitiendo. Ninguno llegó a igualar sus resultados.

No hay nada que nos lleve a pensar que las hegemonías sean duraderas; mucho menos que se repitan. Cada vez estoy más seguro de que no volverá el SKT T1 de entre 2013 y 2016; el Fnatic de los inicios, y tampoco el de 2018; el G2 Esports de 2016 y 2017, de 2019 y 2020; la China intratable que cortó de raíz el dominio coreano, a costa de la rebelión europea y hasta la llegada de DAMWON Gaming; el propio Damwon, que se ve ahora obligado a hacer malabares para recuperar su grandeza efímera.

Ninguno de ellos volverá y, si lo hacen, será de otra forma. Puede que el nombre sea el mismo, que el logo sea el mismo, que para nosotros sea el mismo. No lo será, de igual forma que el barco de Teseo deja de serlo cuando sustituyen hasta el último de sus tablones. Y estará bien porque nos recordará el funcionamiento insondable del mundo; una gema de certeza en la incertidumbre que rodeará nuestra existencia hasta el último día. El cambio es ley.

«La grandeza es una experiencia transitoria. Nunca es consistente. Depende en parte de la capacidad para crear mitos que tiene la imaginación humana. Aquel que experimenta la grandeza debe ser capaz de percibir el mito del que forma parte. Debe reflexionar sobre los sentimientos que se vuelcan sobre él. También debe tener cierta inclinación hacia el sarcasmo. Eso le impedirá abandonarse a sus ambiciones. Ese sarcasmo será lo único que le permitirá recordar quién es realmente. Sin dicha cualidad, incluso la grandeza ocasional puede llegar a destruir a una persona (…)».

«(…) Arrakis enseña el talante del cuchillo, cortar lo que está incompleto y decir: ‘Ahora ya está completo porque acaba aquí'». —Frank Herbert (1965)