De criptomonedas, NFTs y otros males evitables

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Vivimos tiempos extraños. Una nueva oleada de patrocinios de dudosa moralidad, orbitada por tokens no fungibles (NFTs), criptomonedas y otros fenómenos del capitalismo tardío contaminan literal y metafóricamente. La humanidad de principios de la década de 2020 parece seguir ajena a la crisis climática, a las desigualdades, a la necesidad de un modelo sostenible. Nuevos generadores de activos expanden sus tentáculos por los conglomerados de empresas. Y el dinero sigue llamando al dinero.

Quiero pensar que el vapuleo al que se está sometiendo a mi generación —y las siguientes— servirá para darnos cuenta de que el canon socioeconómico de finales del siglo XX es insostenible. La época del consumismo exacerbado debe acabar o no habrá futuro, como parece no haberlo para millenials, generación Z y los que vengan después. La realidad es que sí que lo hay, pero no como esperábamos. Tendremos que hacer cosas diferentes para obtener resultados diferentes, y por eso plantamos el grito en el cielo con los nuevos capítulos del «cuento del bussines«. Más aún cuando tocan lo que es nuestro.

Los deportes electrónicos como fenómeno global apenas han llegado a la adolescencia, y muchos de nosotros los hemos visto nacer y crecer, como si de nuestro hijo se tratara. Esto es un arma de doble filo. Por un lado, ha sido algo creado por nosotros para nosotros, una nueva vertiente del deporte que renegaba de la toxicidad tradicional. Un espacio en el que encontrarnos y sentir la emoción de la competición, sin necesidad de haber pisado un estadio. Por otra parte, esta unión ha devenido en un ineludible apego. Un veneno que conlleva el miedo a la pérdida, y el miedo mata a la mente.

Llegado a este punto, solo tenemos dos opciones. La primera encuentra respuesta en el conformismo; aceptar que el deporte electrónico de élite está pasando por una fase que ya encontraron en otros deportes, como el fútbol con las casas de apuestas o la Fórmula 1 con las tabacaleras. A más madurez, mayor responsabilidad, o al menos así debería ser. Un clavo ardiendo al que agarrarnos, una promesa de que los esports se autorregularán una vez alcancen dimensiones macrocefálicas, no pudiendo eludir su función social y de exposición.

La alternativa es hablar, levantarse, protestar ante una realidad que quizá nunca debería haberse dado. Reprochar a nuestros equipos favoritos, a nuestras ligas predilectas unas prácticas inmorales. Usar nuestro poder como consumidores, creadores de contenido o incluso influencers —quienes lo sean— para denunciar, vetar, boicotear. Demostrar que los valores son innegociables y que la escena la forma la gente. Tragarnos nuestro orgullo y regañar a un hijo preadolescente que empieza a portarse mal por sistema, por inacción de quienes le dieron a luz.

Lo admito: aun en mi convicción también tengo momentos en que pienso que todo esto es inevitable. Que la rueda del capitalismo es imparable. Que tiraremos de la cuerda hasta que se rompa y, solo entonces, correremos para salvarnos el culo. Días en que abrazo la indefensión aprendida y pienso que da igual actuar o esperar, que los poderes fácticos son otros, que sería mejor centrarme en lo que puedo controlar. Luego me siento a escribir y no puedo por menos que alzar la voz, pues es mi única vía. Cómo decía el maestro Fernán Gómez, genio y anarquista: «hacen falta muchos cojones para ser revolucionario. Yo no los tengo, pero es una cobardía que asumo».

El histórico director usaba el cine y los micrófonos como medio, y yo utilizo el mío. Dentro de su mismo vehículo, en décadas y circunstancias totalmente distintas, el antagonista Thanos también pensaba que él era inevitable. Se equivocaba. Necesitamos revertir las prácticas que hemos visto en el deporte tradicional, y más allá. Los esports, concebidos en plena generación millenial, tienen la responsabilidad de ser el faro hacia una escena más sensata y autoconsciente. Y nosotros tenemos el deber de aceptar la verdad: el deporte electrónico, tal y como lo conocemos, ha muerto.

Larga vida al deporte electrónico.