Hablar de lo importante

Activision Blizzard demanda acoso abuso

El pasado jueves me levanté con genuino mal cuerpo. Ocurrió hasta tal punto que me tuve que mentalizar para poder trabajar de forma normal. Fue el día que salió a la luz la denuncia de Activision Blizzard. La archiconocida empresa de videojuegos estadounidense, unión de dos de las desarrolladoras más importantes de la industria, fue demandada por repetidos y estandarizados casos de acoso sexual a mujeres. Y no oigo lo suficiente, no veo lo suficiente; no me hago eco de un escándalo a nivel social y mediático proporcional al alcance de los acontecimientos.

Porque no existe.

Empezaré, eso sí, por nombrar a algunos de los periodistas y comunicadores que han hecho un trato apropiado del suceso, empezando por la propia Maeve Allsup, que publicó la noticia originalmente para Bloomberg Law. No obstante, yo al menos llegué a ella gracias a Jason Schreier, omnipresente en lo que respecta a la actualidad de la industria. En España, no puedo por menos que destacar al equipo de Eurogamer, Alexelcapo o BaityBait, sin olvidarme de mujeres como Paula García, Emma Pache o Jaina (tinuviel). No son las/los únicas/os, de eso estoy seguro.

Pero no es suficiente, y no lo es porque los hombres, cuando no somos culpables, somos cómplices. La única manera de quitarnos esa carga que nos ha tocado (creedme, sería mucho peor estar al otro lado) es callarnos cuando nos tenemos que callar, y hablar cuando tenemos que hablar. Ahora es momento de lo segundo, como decía la propia Paula García hace algunos días en su cuenta personal de Twitter.

Escudarse en el manido not all men es cobardía. Va llegando la hora de aceptar la incómoda verdad, compañero de género: tanto tú como yo tenemos nuestra parte de responsabilidad en que se sigan dando abusos, en que la mujer todavía esté lejos de equipararse con el hombre en cuanto a derechos y condiciones, en que los esports sean un extensísimo y nauseabundo campo de nabos.

Por el amor de Dios, ¿qué sentido tiene la separación por géneros en un deporte mental? ¿Hasta qué punto estamos normalizando por omisión que las mujeres no tienen las mismas capacidades cognitivas que los hombres? Sí, lo sé, es más complicado que todo eso; es una cuestión de oferta y demanda. No hay tantas mujeres dispuestas a embarcarse en una carrera profesional como jugadoras. ¿Vamos también a adjudicar los gustos al género?

Pensemos con la cabeza por un momento: ¿qué ánimo puede tener una mujer por iniciarse como desarrolladora o como jugadora profesional, cuando CADA DÍA están saliendo auténticas barbaridades sobre cómo se les trata? Yo tengo claro que me dedicaría a otra cosa. Pero soy hombre, blanco, caucásico y cisgénero. Yo puedo dedicarme a ello. Y no hay derecho.

¿Qué estás haciendo para cambiarlo? Yo, desde luego, no lo suficiente, y si la respuesta es «nada», eres parte del problema. Era real aquello de que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Yo tampoco pedí ese poder inherente que me da ser hombre, pero en mi mano está cómo utilizarlo: denunciar abusos, contestar cuando escucho algún comentario fuera de lugar, utilizar hasta el más pequeño de los altavoces si es que a mí se me va a escuchar más por el absurdo hecho de tener pene.

Por eso me dirijo a los hombres de este mundo tan reducido, de este microcosmos que engloba los videojuegos y los esports en España. Y también a los medios, los cuales —sorpresa— están formados por una inmensa mayoría masculina. Si esto pasa cada día y no se habla cada día, es una negligencia. Todo lo demás dará igual, y sí, seguiremos siendo irresponsables mientras no tengamos la valentía para hacer algo diferente, por mucho miedo que nos dé, por mucho que altere el statu quo, por mucho que no se adapte a una línea editorial.

La realidad es que, apenas pasada una semana, ya no se habla del tema. Incluso yo parezco llegar tarde; a estas alturas, ya debería haber escrito una noticia y un reportaje en este mismo medio, y lo habría hecho de no ser por falta de tiempo. En efecto, no se seguirá hablando mucho más de ello hasta que vuelva a pasar, porque volverá a pasar. Porque está pasando ahora mismo, y seguimos sin mover el culo de la silla para cambiarlo.

Seré idealista, pero espero que pensemos en todo esto cuando venga a nuestra cabeza el pensamiento fugaz de por qué las cosas no cambian.