De identidad nacional y elegir el lugar en el que naces

Zanzarah rusia ucrania

Comienzo este texto sin saber cómo titularlo, pues lo importante suele ser también lo más difícil de expresar. El elefante en la habitación no para de crecer, mirándonos con ojos cada vez más penetrantes. La semana pasada escribía sobre ingenuidad, en concreto, acerca del pensamiento de que la invasión de Ucrania no fuese a afectar a esferas relacionadas con los esports y los videojuegos. El tiempo me ha dado la razón; el veto de equipos y deportistas rusos de competiciones internacionales parece ser solo el principio.

Que las sanciones económicas, logísticas y, por supuesto, deportivas a Rusia están siendo ejemplares es carne de conversación de ascensor. En una entrevista reciente a Noam Chomsky para Truthout —y en esta columna quizá cite más que en todas las anteriores, pues el único remedio para escribir bajo continua información parcializada es la cantidad y diversidad de dicha información— el filósofo afirmaba: «El [hecho] más crucial es que la invasión rusa de Ucrania es un grave crimen de guerra. Algo comparable a la invasión estadounidense de Irak y a la invasión de Polonia por parte de Hitler-Stalin en septiembre de 1939». Como era de esperar, la comunidad internacional ha actuado de forma proporcional. Que no necesariamente positiva o acertada.

El propio Chomsky criticaba la naturaleza de las sanciones. «No está claro si el sistema financiero ruso puede resistir un ataque fuerte, mediante sanciones u otros medios (…). Sospecho que las sanciones llevarán a Rusia a depender aún más de China». También en materia económica, sobre la expulsión de los bancos rusos de la Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication (SWIFT), hablaba Jean-Luc Mélenchon en la Asamblea Nacional de Francia. «¿Cortar el circuito financiero del SWIFT no llevaría a una escalada mundial al empujar a rusos y chinos a utilizar su propio circuito exclusivamente?»

La tesis de todo esto es que, en un mundo tan supeditado al conflicto de intereses, cuesta confiar en las decisiones de los poderes fácticos. En España, no son pocas las voces que han empezado a levantar la voz en contra del envío de armas al lugar del conflicto. Una estrategia que parece más una maniobra de marketing político que de solidaridad con el pueblo ucraniano. Ione Belarra, secretaria general de Podemos, declaraba. «España y la Unión Europea no están poniendo todos sus esfuerzos en reforzar las vías diplomáticas (…). Contribuir a esa escalada [bélica] no va a resolver antes el conflicto y puede llevarnos a un escenario completamente incierto».

En materia deportiva, las decisiones han sido tan inmediatas y radicales como imprecisas y, en ocasiones, aparentemente arbitrarias. Atletismo, ciclismo, baloncesto, voleibol o natación; cada vez son más los organismos que se adhieren a la recomendación del Comité Olímpico Internacional de no invitar a deportistas rusos y bielorrusos a competiciones internacionales. Un caso paradigmático es el del automovilismo. Hace escasos días, la Federación Internacional de Automovilismo anunció que permitirá competir a pilotos rusos, siempre y cuando lo hagan bajo bandera neutra. Mientras tanto, la Formula 1 ha decidido finalizar el contrato con el Gran Premio de Rusia, fechado hasta 2025. Por su parte, Reino Unido prohibirá correr a pilotos con licencia rusa dentro de sus fronteras, siguiendo en forma aquello de lo que hablaba Sebastian Coe, presidente de World Athletics. «Nunca he estado de acuerdo con la política de imponer sanciones contra deportistas individuales (…). Pero en este caso es diferente».

He aquí la corriente general de pensamiento. La escalada militar en Ucrania es, en apariencia, diferente a otros conflictos bélicos de nuestra era. Diferente a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos. A la intervención de la administración Trump, junto a Francia y Reino Unido, en la guerra civil siria. A la invasión de Georgia por parte de la propia Rusia, en 2008. Sin embargo, nadie parece tener claro exactamente por qué. Quizá sea cuestión de contagio social, como consciente o inconscientemente parecía escapársele a Coe. «Todos los sectores, gobiernos, empresas y organizaciones internacionales han impuesto sanciones. El deporte tiene que unirse a los esfuerzos para acabar con la guerra». Alguien tiene que *pagar*.

Y, como parte de esta animosidad, el deporte electrónico no podía quedarse atrás. Algunas competiciones, como la EMEA Pro League de Apex Legend o la CIS Pro League de PUBG, han quedado pospuestas indefinidamente. Muchos han sido los estudios que se han posicionado a favor de Ucrania, algunos como DICE y Electronic Arts eliminando contenido relacionado con Rusia. Otras medidas no han sido tan bien recibidas, como la determinación de la BLAST o Elisa Esports [CS:GO] de vetar a equipos rusos en sus competiciones. Decisiones políticas, económicas, sociales o una mezcla de las tres, tergiversadas por la opinión pública. Una manipulación que ha llegado al extremo de propinar insultos racistas a jugadores rusos, como ha sido el caso de Nikolay «Zanzarah» Akatov.

Reducidas al absurdo, las banderas no son más que trapos pintados. También escribía en mi anterior columna acerca de que no tengo todas las respuestas. Por mucho que quiera estirar mi opinión hasta el extremo, mi visión sigue siendo limitada. Lo cierto es que nada ha cambiado, de una semana a esta parte. Mi miopía, no obstante, sí me deja llegar a cotas más cercanas. Y es que nadie elige tener un padre maltratador, nacer en el seno de la pobreza o salir del vientre de su madre en un país potencialmente imperialista. Es imposible desligar a los deportistas internacionales de su condición de figuras públicas. Pero tampoco parece de recibo que paguen por los platos rotos de la irresponsabilidad que ondea en su bandera.