Por dónde empezar

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En la madrugada del pasado sábado, Carlos ‘Ocelote‘ Rodríguez, CEO de G2 Esports y una de las personas más influyentes del deporte electrónico internacional, subía un vídeo desenfadado de celebración, con el rótulo irónico «Ayer celebramos el campeonato mundial de G2». Una frase que es un mecanismo de defensa histórico por parte del director y la organización, tan sumamente aterrados por la crítica externa que optan por enjuiciarse ellos mismos antes de que nadie pueda hacerlo. Pero más patético que la consabida autocomplacencia fue la presencia de Andrew Tate en dicha fiesta, cuya invitación Carlos ‘Ocelote’ Rodríguez no pudo por menos que defender.

En pocas palabras, Andrew Tate es una de esas personas sin las cuales el mundo sería un lugar mejor. Que tuvieron cabida cuando todavía no habíamos avanzado en la igualdad de derechos fundamentales, pero cuyo poder permite una lamentable impunidad a nuestros días. Perlas como «las víctimas de las violaciones tienen la responsabilidad», «la misoginia es una ideología que no se tolera» o faltas graves a mujeres en directo que han tenido como consecuencia el refuerzo: hombres tan inseguros de su posición de privilegio que lo han aupado a él y a otros voceros de discursos intolerantes a la palestra. Pues no hace falta pensar mucho para darse cuenta de quién es hoy en día el «sexo débil».

Al parecer, Carlos ‘Ocelote’ Rodríguez, pese a su posición de más de privilegiada, debió sentirse identificado en su día con el discurso vomitivo de Andrew Tate, pues no dudó en defender la presencia de su invitado con unas palabras tan poco medidas como clarificadoras: «Nadie va a controlar mis amistades (…). Me voy de fiesta con quien me da la puta gana». Y esto, más que decepcionante, es triste. De la misma forma en que es triste la manera en que un director ejecutivo no es capaz de darse cuenta de su alcance, ni parece tener la habilidad de controlar sus palabras.

Todo ello ha conformado una polémica de la que, personalmente, he procurado mantenerme alejado este fin de semana, por aquello de la necesaria desconexión, la ansiedad apremiante y los tics que empiezo a tener por todo el cuerpo. Sin éxito, por supuesto, pues así funcionan las urgencias morales, que ya he nombrado en estas páginas en más de una ocasión. Lo cierto es que soy un firme defensor de que el poder no corrompe, pero sí revela. Y el poder absoluto revela absolutamente. Otra cosa es que queramos hacer oídos sordos.

Porque quién quiere política en los videojuegos ni líos en el deporte. Cuando es precisamente esa actitud la que convierte la política en un partido de fútbol y la responsabilidad individual en un juego. Los pecados de Carlos ‘Ocelote’ Rodríguez son suyos, pero quizá deberíamos reflexionar sobre dónde se encuadra nuestra complacencia en todo esto, pues su comportamiento nace de la ya nombrada impunidad. Nosotros somos gente íntegra que nunca dejaríamos que este tipo de comportamientos se diesen en nuestro entorno. Y aun así, la impunidad sigue naciendo de la complacencia. La complacencia de nadie, al parecer, pues no hay algo que se no dé mejor en este país de pandereta y del «vuelva usted mañana» que echar balones fuera.

Ni dieciséis horas después, llegaron las lágrimas de cocodrilo. Carlos ‘Ocelote’ Rodríguez aclaraba —que no se disculpaba— ante los fans de G2 —que no ante la comunidad internacional de deporte electrónico o ante las mujeres— su defensa ante la igualdad de oportunidades. Y con los llantos falsos llegaron las medias tintas: G2 Esports y su director ejecutivo pactaron una suspensión de empleo y sueldo durante dos meses, y aunque no creo que haya mucho que criticar más allá de lo evidente, lo haré de igual forma.

La maniobra de control de daños entre Carlos ‘Ocelote’ Rodríguez y su propia empresa es una treta, es mentira, una burla y una humillación. Una prueba más de cómo los poderosos juegan con las reglas del sistema: esperar dos meses hasta que las aguas se hayan calmado, hasta que nadie se acuerde de nada. Es un juego de intereses y de manipulación, y hasta los que escribimos ahora exaltados lo hacemos con el regusto del oportunismo y la promesa de las interacciones. Todo tiene un precio y el altruismo no existe. Así es nuestro mundo, más aún el mundo de los esports, que nos obliga a vivir bajo sus normas, unas que ellos controlan más que nadie. Todos queremos una parte del pastel, pero la banca siempre gana, y cuando pierde, nunca pierde demasiado.

Me obligo al cinismo porque no parece quedar otra alternativa. Me gustaría saber quién más estuvo en esa fiesta, se dio cuenta de lo que estaba pasando, y no dijo nada. Las bandadas de oportunistas que se abalanzarán sobre Carlos ‘Ocelote‘ Rodríguez cuando vuelva de su exilio, y puede que durante, o que seguirán tratando con él como si nada. La atención inmerecida que habrá ganado el individuo de calificativos innombrables Andrew Tate por todo esto, y que seguirá reforzando su posición de poder, pese al escarnio. Quiero pensar que todo esto servirá de algo, y que será un paso más hacia un entorno más justo, pero a la vez es una película que ya he visto. En los estadios se seguirá escuchando aquello de «Let’s go G2», y en las redes lo de «Ocelote, puto amo».

Todo hasta que nos demos cuenta de que ya hemos llegado a la distopía que pretendíamos evitar.