Sentir los colores

Bjergsen Team Liquid

Admito que estoy disfrutando de la pretemporada. En los últimos días, ni siquiera polémicas como las de Jang «Ghost» Yong-jun y Kim «Canna» Chang-dong en la LCK, o más recientemente la de Adam «Adam» Maanane con Fnatic consiguen descarrilar esta montaña rusa en la que me he subido sin saberlo. Quizá se deba a que me he propuesto cubrir la off season coreana, una liga a la que he empezado desarrollar verdadero apego, y ya son incontables las cábalas y power rankings que rondan mi cabeza. Movimiento tras movimiento que despiertan otro pensamiento intrusivo: ese manido sentir los colores en los esports. O su necesaria ausencia.

Apenas una semana ha bastado para que todo parecido con la realidad de 2021 sea pura coincidencia. Ya sea en Europa, Norteamérica o Corea las plantillas han cambiado como si de puzles se trataran. Un trajín sin final que me hace cuestionar dónde quedan esos sentimientos románticos que falsamente atribuimos a los jugadores. Alabamos la renovación de Lee «Faker» Sang-hyeok con T1, del mismo modo que condenamos la ruptura de Søren «Bjergsen» Bjerg con TSM. Hay que sentir la camiseta, esputamos desde el sofá mientras vemos el último programa de El Chiringuito.

Lo que se nos olvida es que Faker pasará a cobrar más de siete millones de dólares anuales, convirtiéndolo presumiblemente en uno de los jugadores mejor pagados —si no el que más— de la escena competitiva internacional de League of Legends. Lo que parecemos pasar por alto es que Bjergsen abandona una organización cuyo CEO, Andy «Reginald» Dinh, ha sido acusado recientemente —de manera informal— por presuntos abusos y maltrato psicológico hacia sus empleados. El problema del romanticismo es que no se aplica al mundo real.

Y los esports son una quimera para todos aquellos que nos intentamos hacer un hueco, ya seamos articulistas, periodistas, entrenadores, analistas o jugadores. La volatilidad de esta industria deja poco lugar a los sentimientos. Señalamos, en especial, a los jugadores por su falta de compromiso, pero olvidamos que en realidad son meros trabajadores en una empresa más. Por eso no se justifican las faltas de respeto recibidas, tanto entonces como ahora, por Elias «Upset» Lipp. No cabe falta alguna hacia un jugador que se ve obligado a abandonar una convocatoria, como tampoco serían lícitas hacia un trabajador que se ausenta de su puesto por causa de fuerza mayor.

Pero la perspectiva brilla por su ausencia cuando intervienen fenómenos identitarios, juntados con el propio ego. Respuestas como las de Gabriël «Bwipo» Rau durante los Mundiales, o la del propio Adam esta misma semana son combustible para las hordas de «aficionados» que ven ahora en Upset su chivo expiatorio. ¿Y todo por qué? Quizá para algunos el rendimiento de «su» equipo sea más importante que el factor humano, o las circunstancias de «sus» jugadores. Qué cabrón, sin perdón, el llorón este, que me ha fastidiado los Mundiales de este año.

Como seguidor durante mi adolescencia y los primeros años de mi juventud al deporte tradicional, he aprendido a rechazar todo tipo de afición acérrima. Yo también he estado ahí, y lo sigo estando con ciertos equipos y deportistas. Solo ahora entiendo que no es sano, como entiendo los mecanismos por los que nos identificamos arbitrariamente con unas u otras organizaciones, con unas u otras personas. Entenderlo no lo hace menos arbitrario, ni menos peligroso.

«Sentir los colores«, una expresión con la que se le llena la boca a más de uno, esconde un lado tóxico que solemos obviar, al igual que ignoramos su imposibilidad en un ecosistema como el de los esports. Estar a gusto, ser bien tratado y disponer de unas condiciones dignas no entiende de romanticismos. Cambiar de aires por unos u otros motivos está tan mal visto como cambiar de opinión, como equivocarse. Eso denota falta de carácter. Revisemos el componente de masculinidad tóxica que encierran todos estos conceptos y puede que consigamos recapacitar hacia una escena verdaderamente saludable.

Del modo en que nos volvió a demostrar la vida, y no tanto el deporte electrónico, lo importante son otras cosas. Al final del día dan igual los colores, las preferencias, las defensas a ultranza. Los insultos, el yo soy mejor que tú, el no tienes ni puta idea. El hace falta ser gilipollas, el a ver si nos informamos un poquito, las continuas muestras de superioridad moral. Cuando apagas el ordenador, bloqueas el móvil o te vas a casa lo importante son otras cosas. Lo importante siempre son otras cosas. DEP Yoppa.