Vivir de los esports

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Hace unos días me dieron una mala noticia: no sé si tendré trabajo —estable— y un sueldo —digno— en 2022. La que ha venido siendo tónica habitual en los últimos años empieza a hacerse urgente por necesidad. Afortunadamente, no me refiero a una obligación económica, sino personal, ética y moral. Los esports ofrecen oportunidades tan escasas como precarias, y vivir de ellos, o siquiera trabajar, empieza a mostrarse para mí como el eterno quebradero de cabeza que siempre ha sido para el resto.

Estoy quemado, y no ha sido hasta empezar el libro No puedo, de Anne Helen Peterson, que he conseguido darme cuenta. En él, la escritora estadounidense desgrana un problema endémico de la generación millennial: estar hasta el coño. No se trata solo de trabajar más horas de las estipuladas, asumir funciones de otras/os o cobrar por debajo de lo acordado en el convenio. El entorno sociocultural y laboral del primer mundo, y sus consecuencias indirectas, son suficientes para quemarnos como una cerilla.

«Durante décadas, la precariedad ha sido una forma de vida para millones de personas y comunidades (…). La cuestión es que este no fue el relato que nos vendieron a los millennials —sobre todo a los blancos y de clase media— con respecto a nosotros mismos. Al igual que las generaciones que nos precedieron, fuimos criados en una dieta de meritocracia y excepcionalismo: la idea de que cada uno de nosotros rebosaba potencial y que para activarlo solo necesitábamos trabajar duro y a conciencia».

«Si nos esforzábamos, fuera cual fuera nuestra situación (…), encontraríamos la estabilidad», concluye Peterson durante la introducción del libro. Pero esa estabilidad nunca llega o, al menos, no lo hace de la mano del sacrificio. La gran mentira a la que fuimos sometidos revela el alcance del esfuerzo: mucho menor de lo que pensábamos y constantemente supeditado a las circunstancias.

Los esports son un yermo en el que las oportunidades se presentan en forma de oasis. Quien tenga la suerte de caer en uno de ellos, gracias a amiguismos y/u oportunismos —más allá del trabajo—, podrá sobrevivir a un entorno hostil por antonomasia. Si esto suena a una rabieta es porque lo es, aunque no por ello resulta menos cierto. Lejos de referirme a que todas/os aquellas/os que han encontrado la estabilidad en los esports lo hayan hecho de forma injusta, el foco se centra en la otra cara de la moneda: la cantidad de personas válidas que este desierto escupe a diario.

Tampoco creo que sea impresión mía. Los ejemplos abundan: equipos que se ven envueltos en polémicas por sus condiciones precarias, organizaciones que conforman sus plantillas sin periodo de selección alguno, medios que pagan en negro cantidades irrisorias… Los esports están intoxicados, al igual que nosotras/os, por el entorno en el que se desarrollaron. Un nuevo medio cultural y deportivo criado a la sombra del mayor desastre económico desde la Gran Depresión.

La década de 2010 ha sido una de recesión, y la de 2020 apunta a un camino similar. Un declive que no parece haber cambiado el mundo a nivel general —del mismo modo en que no saldremos mejores de la pandemia—. No obstante, sí que ha tenido consecuencias a nivel individual y comunitario, especialmente para quienes saltamos al mundo laboral en el momento menos indicado.

Como psicólogo, pasé mis primeros años posteriores al grado saltando de puesto en puesto, siempre en calidad de empleado en prácticas, trabajador temporal o voluntario. El sector que apuntaba a ocupar las décadas más importantes de mi vida me escupió como un chicle. Ahora lo hacen otros, y en esta vorágine depresiva que se retroalimenta creo haber encontrado mi mayor momento de lucidez.

Es hora de plantarse y demandar las condiciones que nunca tuvimos y nos arrebataron antes de poder tocarlas. Es hora de interiorizar que el valor del trabajo no lo determina el esfuerzo, sino la retribución, pues el trabajo debe ser remunerado o no ser. Y es hora de desmontar la meritocracia, que sostiene falsamente cómo el esfuerzo de todas/os se valora por igual. Intentar dedicarnos con toda nuestra alma a lo que nos gusta y tragarnos la frustración cuando el mundo de nuestros sueños nos obligue a despertar. Y abrazar esa mañana con la convicción de que la dignidad vale más que el sacrificio, que la estabilidad vale más que la vocación.

Feliz Navidad.