Propósitos de año nuevo, cien millones de dólares y Robinson Crusoe

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Los propósitos de año nuevo son indudable y meridianamente inútiles. No es culpa nuestra; reducidos al absurdo, los años siguen siendo formas arbitrarias de medir el tiempo. Sobre ello escribía hace unos días Martín Caparrós en El País: sobre La palabra año y la futilidad de contar las traslaciones. Quizá por eso yo no tenga propósitos, pero sí deseos. Dejar de desear es una muerte prematura y, lejos de preferencias deportivas, lo que yo deseo este año es empezar a ventilar una escena de esports que empieza a oler a cerrado, a cerrado y a podredumbre, a podredumbre y a muerto.

Sin ánimo de sonar pretencioso, me da igual quién gane los Mundiales 2022. Me dan igual las nuevas narrativas en la LEC, como me dan igual las polémicas que a buen seguro habrá en Superliga. Me importa un bledo cómo se ordene esta vez el caos en la LPL y, muy a mi pesar, paso de comprobar si T1 volverá a lo más alto en la LCK. Obviamente, esto es una exageración; los esports siguen siendo mi suerte de trabajo, así que no me queda otra que estar mínimamente atento a lo que pase.

Pero siento que tengo cosas más urgentes en las que pensar, que tratar y sobre las que escribir. Cuando estén solucionadas, volveré a permitirme ser un hooligan sin cerebro, un analista de Twitter pretencioso o simplemente un espectador más. Y lo cierto es que existen temas más urgentes, pero no solo a nivel personal. Cuando despedimos 2021 con la sentencia a Riot Games de pagar 100 millones de dólares al California Department of Fair Employment & Housing —mismo organismo que denunció a Activision Blizzard— para resolver sus denuncias por «acoso y discriminación sexual sistémicos» a sus empleadas, lo menos importante es todo lo demás.

Las cifras más escalofriantes, desde luego, no son las económicas. Solo 80 millones de dólares estarán destinados para indemnizar a 2.365 mujeres afectadas. Dos mil trescientas sesenta y cinco mujeres, trabajadoras a tiempo completo o parcial durante los últimos años, que han sido víctima de acoso y discrimnación sexual sistémicos. De nuevo, «más de dos mil» o «alrededor de dos mil quinientas», en vaga jerga periodística, a quien Riot Games —empresa que hasta 2018 empleaba alrededor de 2.500 personas y, en 2021, ha llegado a las 5.000— se ve ahora obligada a destinar el ochenta por ciento de una demanda millonaria.

Utilizo la expresión «se ve obligada» con conciencia de causa. A quienes se les llene la boca con esos seis millones de dólares de reserva que Riot destinará ahora a programas de diversidad, equidad e inclusión, deberán refrescar la memoria y regresar a 2019. A comienzos de ese año, la compañía aceptó pagar una indemnización que ahora perece irrisoria: 10 millones de dólares a 1.000 empleadas que habían formado parte de la empresa en los cinco años anteriores.

Para sorpresa de nadie, las respuestas recientes de Riot atienden únicamente a dos motivos. Por un lado, la obligación legal. Por otro, quedar como «los buenos», comparados con otros casos claramente más graves, como el de Activision Blizzard. ¿Y dónde quedamos nosotras/os en todo esto? Todas/os las/los demás. ¿Qué dice esto del sector en el que algunas/os intentamos ganarnos el pan o, directamente, de la rueda socioeconómica a la que nos vemos irremediablemente abocadas/os? El caos es norma, y el caos es una isla desierta.

A mi profesor de Literatura lo llamaba don por respeto, porque me hizo amar su arte y, en parte, tiene cierta responsabilidad en que hoy me considere escritor. Durante el temario de Daniel Defoe y su Robinson Crusoe, nos hablaba de cómo el protagonista empezaba a contar los días en una tablilla. Dentro de su desesperación, la medición del tiempo era uno de los últimos reductos de civilización que le quedaban en su isla. Ahora, no puedo por menos que establecer una comparación incómoda.

No tanto en mi cinismo, sino en mis eventuales episodios ansioso-depresivos, me pregunto qué sentido tiene establecer propósitos en mediciones de tiempo arbitrarias. Comprar agendas, elaborar listas y establecer objetivos no me resulta ahora tan diferente de contar los días en una tablilla. A modo de Robinsons improvisados, seguimos empeñados en controlar el tiempo y mantener una mínima ilusión de control. Hacer muescas en el metal mientras el mundo de alrededor se desmorona, mientras una isla impía y salvaje nos mella con cada rayajo.