Por la tarde fui a nadar

Rusia Ucrania esports videojuegos

El mundo parece moverse más deprisa, de un tiempo a esta parte. Quizá sea por el efecto de la pandemia en nuestra percepción del tiempo, y el triste recordatorio del ritmo de vida previo al COVID-19. Seguir adelante como si no pasara nada parece haberse convertido en una opción obligada para quienes vivimos en la era de la información. Siempre está pasando algo, o eso nos refuerza el interminable contenido en redes sociales. En ocasiones, pasan demasiadas cosas en un lapso demasiado corto. Y cuando una de esas cosas es que Ucrania se ve invadida por parte de Rusia, todo lo demás, especialmente lo relacionado con esports y videojuegos, toma un cariz absurdo.

Pero hay que seguir adelante. En el día de ayer, escribí cerca de 2.500 palabras sobre de Elden Ring. En la misma mañana en que el conflicto armado explotaba en nuestro vecindario, advertencia de tiempos pasados que la mayoría de nosotros tuvo la suerte de no vivir, una burbuja del barrio internacional contábamos las horas para el lanzamiento del último videojuego. Y con esto no quiero hacer gala de elitismo moral alguno; reconozco que disfruté escribiendo el monográfico de Elden Ring, y que he dedicado cuatro despreocupadas horas a jugarlo desde su salida.

Sin embargo, tampoco puedo pasar por alto los extremos demostrados en la escala indiferencia-aprensión que vivimos en el día de ayer. Yo no tengo claro dónde encuadrarme —probablemente en un punto medio—, ni tengo la potestad o la convicción para condenar unas u otras posturas. Los conflictos armados siguen siendo una realidad de nuestro tiempo, solo que en lugares cuyo impacto no afecta significativamente a nuestro statu quo. Por otra parte, mirar hacia otro lado como si la guerra entre Rusia y Ucrania no fuese a afectar a esferas relacionadas incluso con los esports y los videojuegos parece de extrema ingenuidad.

Por no hablar del factor humano. Quizá lo más curioso, desde un punto de vista antropológico, sea observar nuestras respuestas ante el sufrimiento ajeno, cuando es tan cercano que no cuesta reflejarse en él. En el momento en que esto ocurre, se ponen en marcha una serie de mecanismos de defensa emocionales tan dispersos que parecen incongruentes. Desde la indiferencia más cruda, reforzada por el mismo ambiente trágicamente cómico en las redes sociales. Hasta la aprensión más insoportable, que no e otra cosa que un exceso de empatía. Porque, como nos demuestra Disco Elysium en tono teatral, uno puede llegar a *morir* por sentir de más.

Y en todo este caos la única verdad es que el mundo sigue girando, al igual que lo haría aunque nosotros no estuviésemos. Como escribía Franz Kafka en sus diarios, poco después de que estallara la Primera Guerra Mundial, en 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar». Era de esperar que no faltaran las comparaciones de la frase del escritor checo con análogos contemporáneos. Y aunque entiendo la crítica, no alcanzo a compartirla. En las últimas horas he presenciado tanta apatía como preocupaciones obsesivas, huelgas de hambre mediante y una incapacidad para evadirse o llevar a cabo tareas diarias.

No puedo evitar pensar que hay tanta despreocupación condenable como ánimo por la autoflagelación en un conflicto que apenas alcanzamos a entender, ni mucho menos controlar. En el pasado escribí que no tengo todas las respuestas, y que probablemente ni siquiera esté capacitado para hacer todas las preguntas. Nada ha cambiado desde entonces. Puede que la única conclusión posible sea ganar la perspectiva que solo un evento así puede dar, sacando de ella lo que podamos o estemos dispuestos, a nivel personal. Procurando no dejar de vivir por el camino.